La extensión universitaria en tiempos de pandemia: lo que emerge de la emergencia


(Ilustración: «La parábola de los ciegos», de Pieter Bruegel El Viejo, 1568)

 

Por Agustín Cano y María Ingold

Terminamos estos apuntes el 5 de abril. Las medidas socioeconómicas que poco a poco se van anunciando, aún parecen insuficientes para alcanzar una cuarentena más generalizada, como la que reclaman las instituciones científicas desde hace días. El pronóstico es sombrío y las perspectivas son inciertas. Hay diversos escenarios y debemos prepararnos para el peor: una situación de desborde sanitario y retracción casi total de la economía en que el Estado y las organizaciones sociales deberán asegurar el suministro de todo lo necesario para la alimentación, la salud, el cuidado y la comunicación de las personas. En estas circunstancias, cualquier reflexión sobre la extensión universitaria puede resultar banal ante la necesidad de priorizar una pragmática incesante que pueda ir respondiendo a los problemas que brotan por todas partes. Aquí, “extensión universitaria” no es otra cosa que la articulación del completo quehacer de la Universidad para volcarlo a la respuesta social al desastre. Los tres “grupos operativos” que el Consejo Directivo Central de la Universidad conformó en su sesión del 24 de marzo dan cuenta de ese movimiento. Estos grupos son: 1) “Comité de coordinación institucional” para generar líneas de acción articuladas en torno a la emergencia sanitaria y socioeconómica; 2) “Comité de seguimiento de la capacidad de atención sanitaria” enfocado en la capacidad de respuesta del hospital universitario y los servicios del Área Salud; y 3) “Grupo de acción universitaria en el medio” con el objetivo de relevar y articular acciones de extensión y de relación con el medio1.

No obstante la primacía de los asuntos prácticos de la emergencia – o sobre todo por ella – es necesaria una reflexión que pueda abrir una brecha entre la pragmática asistencial y solidaria y la pragmática indolente de la máquina económica que, atontada, no puede sino seguir haciendo lo único que puede/sabe hacer: crecer, concentrar, expulsar (al tiempo que se ha evidenciado completamente incapaz de hacer lo que necesitamos hacer: parar, distribuir, cuidar). No se trata de parar de hacer para pensar, sino más bien, al modo de Michel Foucault, procurar que el pensamiento sea un multiplicador de la acción y que la acción sea un intensificador del pensamiento2.

Así las cosas: ¿qué podemos pensar en torno a la extensión universitaria en relación a la pandemia y la emergencia social? Que en estas circunstancias todo sea extensión no quiere decir que nada lo sea realmente, sino que muchas cosas lo son. Más que nunca, necesitamos articular de nueva forma a las tres grandes vertientes de la extensión universitaria propias del ethos de la Universidad Latinoamericana: a) la extensión crítica junto a los movimientos sociales y en programas territoriales que expanden la capilaridad comunitaria de la universidad por zonas urbanas y rurales; b) el estudio de los “grandes problemas nacionales”, que vincula a la investigación con la extensión en torno a una agenda de problemas del desarrollo soberano, incluyendo acciones de “adecuación sociotécnica”3 en apoyo a la autogestión de la sociedad, así como aportes al debate público; y c) la vertiente cultural de la extensión y su dimensión pedagógica orientada a la formación integral de estudiantes en el seno de experiencias de extensión-investigación-enseñanza. Estas tres vertientes han producido múltiples extensionismos, ligados a su vez a las diferentes tradiciones disciplinarias y profesionales. Pero como sabemos, a pesar de los intentos orientados a la integralidad, las tendencias dominantes de desarrollo académico e institucional han producido una dinámica de fragmentación de las funciones universitarias. Esta estructura fragmentaria del desarrollo de las funciones es interpelada por las exigencias de la emergencia social, y la rearticulación de las diferentes vertientes de la extensión debería ser al mismo tiempo un intento de rearticular las funciones universitarias en atención a la crisis.

¿Cómo rearticular una propuesta de extensión en tiempos de emergencia?

Si hablamos de rearticular la propuesta de extensión, es porque asumimos que si se mantiene tal cual estaba configurada le será difícil responder a la pandemia. Es que su modelo está basado en el encuentro, la cercanía, lo colectivo y el movimiento, todo lo que no podemos hacer durante las medidas de distanciamiento social. Así las cosas, la extensión, que a priori sería la mejor preparada para actuar ante una emergencia por estar habituada a las situaciones problemáticas y contar con el repertorio de acción apropiado para apoyar la búsqueda de soluciones colectivas, ahora está en aprietos porque los formatos que usaba hasta hace tres semanas no responden a lo particular de este caso. La crisis y la emergencia, que hacían al quehacer cotidiano de la extensión, tomaron por asalto la vida cotidiana también de la extensión, que entonces busca reacomodarse para estar a la altura de las circunstancias. Desde esta primera mirada, el problema se presenta principalmente como una dificultad metodológica: ¿cómo hacer extensión desde el distanciamiento social? ¿qué tipo de trabajo territorial es viable cuando no es posible movilizar docentes y estudiantes? ¿con qué herramientas generar diálogo de saberes, procesos organizativos y abordajes participativos si estamos a una pantalla de distancia de nuestros interlocutores? Pero el desbarajuste tiene también un costado más profundo, siempre que lo queramos ver. En parte, las medidas adoptadas por la pandemia de Coronavirus no hicieron más que generalizar una dinámica preexistente: es doloroso darnos cuenta de que por momentos, en algunos temas, de cierta forma, ya estábamos en modo cuarentena. La pobreza, la informalidad laboral, las violencias de género, son problemáticas que existían antes del 13 de marzo (la violencia de género, incluso, ya había sido declarada emergencia nacional). Las crisis también sirven para conocernos mejor.

Una pandemia produce un efecto paradójico, por un lado se comporta de forma igualitaria (todos/as somos meras biologías penetrables por el virus), por el otro expone con crudeza las desigualdades sociales (hay quienes pueden resguardarse y quienes no, quienes pueden tener la atención adecuada y quienes no, quienes pueden seguir trabajando, quienes pierden su trabajo y quienes podrían vivir varias vidas sin trabajar). Funcionan en simultáneo las lógicas del aislamiento, de la desigualdad, y también, insistiendo, un sentido profundo de comunidad. La pandemia, la crisis y la incertidumbre atraviesan toda nuestra experiencia vital. Desde allí intentamos pensar y actuar. Si rechazamos la salida de los fanatismos, el pensamiento asume la deriva de la duda y las oscilaciones.

Dudamos y oscilamos, por ejemplo, entre la necesidad de que las cosas sigan funcionando del modo más normal posible, conservar una cierta cotidianeidad, mantener a raya el miedo; y el criterio de realidad que nos indica que la crisis es muy profunda, y que más que ralentizar algunos de nuestros movimientos por un tiempo, en varios sentidos necesitamos parar. Esta duda se nos presenta con particular fuerza en relación a la enseñanza. Por una parte, nos abocamos a una transición veloz de los cursos hacia la modalidad virtual, procurando mantener el vínculo, dar tareas y encuadre claro a los/as estudiantes, y por momentos sucumbimos en la maraña tecnológica y la espesura comunicacional4. Al mismo tiempo, vamos comprendiendo que en la crisis nada permanece igual, mucho menos una propuesta formativa, y vamos procesando cambios que ya no son sólo adaptaciones metodológicas, ni simples ajustes de contenidos, sino que se trata de imaginar y crear una propuesta nueva. Ni deserción docente ni negación de la realidad. Se trata de sostener el vínculo con los/as estudiantes, conocer sus situaciones concretas, y proponer con ellos/as un espacio capaz de habilitar la emergencia de las diferentes experiencias sobre la crisis, como punto de partida para la reflexión, el estudio y la formación. En un escenario plagado de imposibles (no se puede salir, no se puede mantener encuentros presenciales, no se puede, no se puede), lo posible cobra otro valor. Estrategias en este sentido se han puesto en marcha desde el programa de tutorías de Progresa (CSE) y en los distintos servicios universitarios y sedes del interior.

Esta dualidad o ambivalencia tiene también su correlato en las posiciones subjetivas que vamos asumiendo, entre una suerte de esmero disociado que niega el desfondamiento del mundo conocido en un intento por sostener la cotidianeidad previa a la crisis a través de la continuidad de las tareas; y por el otro lado la parálisis, que puede estar hecha tanto de la incapacidad de articular respuesta alguna, como de un montón de movimientos inconducentes y desgastantes que termina por atrofiar los músculos.

Ante todo esto, conviene aprender de otras experiencias cercanas de derrumbamiento, como el caso del tornado que destruyó gran parte de la ciudad de Dolores. Aquella fue una situación de crisis profunda, ya que de un momento a otro la vida tal como la conocían quienes allí vivían dejó de existir, y a partir de ese momento todo fue diferente. Todo: desde el desastre material de quedarse sin casa hasta la sensación en el cuerpo cuando se escucha un trueno. En tales circunstancias, la escucha (metódica, sensible) se vuelve más importante que todo nuestro arsenal de instrucciones (y es además la clave para poder poner en marcha algún plan de acción que resulte pertinente). Estar a la altura de las circunstancias implica, precisamente, no estar en la altura cuando nos necesitan las circunstancias. Y las circunstancias -éstas igual que aquellas- nos necesitan con todo lo que tenemos: necesitan al conjunto de las disciplinas, de todas las áreas; ninguna resulta ajena, no hay margen para exclusiones. Del mismo modo, tanto entonces como ahora, se hizo evidente la importancia de la asistencia como momento prioritario de la intervención en crisis. Sin perder de vista el riesgo del voluntarismo y del espontaneísmo como impulsos que despiertan cuando nuestros repertorios de acción se ven desbordados por la situación, pensar qué asistencia para qué extensión parece clave. Si en el plano de la intervención social, la generalización de las políticas de “cercanía” constituyó una invitación a problematizar las relaciones que establecemos con familias y comunidades vulneradas, la actual necesidad de generar dispositivos de “lejanía”, nos interpela desde otro lugar y nos ofrece la oportunidad de dar una vuelta más al asunto, para seguir escudriñando la cuestión de los vínculos, sin terminar profundizando las distancias.

En esta emergencia peculiar que impone la distancia justo cuando más necesitamos de la proximidad, podemos pensar en dos temporalidades para el despliegue de diferentes tipos de acciones. En lo inmediato, y desde las condiciones de aislamiento físico, cobra importancia el trabajo de divulgación científica. La divulgación por sí misma presenta problemas clásicos en la extensión universitaria al menos desde que Freire publicó “¿Extensión o comunicación?” en 1973. Freire advirtió del “equívoco gnoseológico” del extensionismo transferencista-divulgador que aspiraba infructuosamente a “sustituir” las creencias o procedimientos populares por los conocimientos científicos, sin partir de “problematizar” las relaciones de las personas entre sí y con el mundo en un diálogo mutuamente enriquecedor5. Ya llegará el momento de articular la estrategia de divulgación con procesos de educación popular, pero en lo inmediato se hace necesario generar y difundir diferentes tipos de contenidos de divulgación, de todas las áreas de conocimiento, sobre todas las dimensiones de la pandemia y la problemática psicosocial y económica que la acompaña, y con referencia a diferentes interlocutores. Es una necesidad que recogemos de docentes y referentes socioeducativos, y es una herramienta muy importante para quienes están trabajando en territorio en estos momentos.

En la misma línea también es importante fortalecer en este momento lo que comúnmente se denomina divulgación cultural. Divulgación científica y cultural nunca debieron disociarse. Como señalaba el mexicano Carlos Monsiváis debatiendo sobre el sentido de las políticas de difusión cultural de la UNAM en los ‘90: “Ante la barbarie del proyecto neoliberal, que se propone sacrificar generaciones enteras, la revitalización del humanismo es tarea de primer orden”6. En tiempos de pandemia, donde el sacrificio de sectores de la población es parte del cálculo de costo beneficios que hacen las miradas economicistas más crudas, el aporte de las humanidades a la interpretación del presente y la imaginación de futuros posibles es muy importante, y debemos procurar encuadrarla como parte de la tarea extensionista del momento. Se trata de que la universidad sirva también al espesor y alcance de los debates que suceden (o deberían suceder) en el espacio público concebido como espacio político – polis – ejerciendo, en el sentido kantiano el “uso público de la razón”. La universidad participando y propiciando lo que Rinesi llama la “gran conversación colectiva”, poniendo “sus dispositivos de investigación y crítica al servicio del desnudamiento de los mecanismos ideológicos que operan por detrás de los mensajes que recibe toda la ciudadanía de los medios de comunicación más poderosos, la de contribuir a que esa misma ciudadanía pueda ser, ella misma, sujeto activo de esos procesos de comunicación masiva, manejando con destreza técnica y profesional las herramientas que le permitan hacer oír una voz propia, autónoma y distinta de esas que le llegan de esos medios tan grandes e influyentes (…) [y a la vez] siendo ella misma protagonista de procesos de comunicación masiva”7. Es necesario fortalecer los medios universitarios y ampliar su alcance. El trabajo que está haciendo la Uni Radio con su ciclo “Comunidad Udelar” es un buen ejemplo al respecto.

La asistencia es también, obviamente, un tipo de acción fundamental en estos momentos. La asistencia sanitaria multidisciplinaria en la prevención, diagnóstico y atención del Covid-19, por supuesto. Pero también en muchas otras áreas: desde el ejemplo del alcohol producido por la Facultad de Química y distribuido por diferentes servicios y programas territoriales; las iniciativas de apoyo psicológico de la Facultad de Psicología y la organizada por egresados de dicha facultad dirigidas a personas adultas mayores; y otros programas que tal vez podrían pasar a modalidades virtuales como los consultorios de orientación jurídica. Aquí también los ejemplos son numerosos, y se verán potenciados por las estrategias que la CSEAM junto al Grupo Operativo 3 («Acción universitaria en el medio») preparan para la contigencia. En cualquiera de las áreas de asistencia cobra pertinencia la búsqueda de combinaciones virtuosas entre lo paliativo (porque el impacto del virus -al menos por ahora- no parece evitable), de amortiguación, con estrategias de largo aliento, que sigan profundizando en las causas y mirando activamente el horizonte de la transformación. Quien es capaz de quedarse ahí y sostener en los momentos de crisis, suele consolidar su posición para poder seguir estando luego. Aquí nuevamente la importancia de la pregunta sobre qué asistencia para qué extensión. Tal vez la práctica del acompañamiento tenga cierta potencia para el contexto. El acompañamiento que no es presencia pasiva, sino actividad pensada, y que tiene como esencia la centralidad de un/a otro/a a la par, constituye un escenario propicio para el ejercicio del respeto, la paciencia y el diálogo, tres componentes básicos de la extensión crítica. Quizás estas coordenadas puedan ayudarnos a concebir una asistencia capaz de conectar temporalidades (el ahora que se impone con lo incierto del “día después”) y fortalecer vínculos, para que la intervención en la emergencia haga emerger procesos dialógicos más ambiciosos. En este plano, acercarse y aprender de las acciones que están desplegando las organizaciones sociales y vecinales desde el territorio es el punto de partida.

En ambas temporalidades, es fundamental también, sin dudas, la investigación, como la vemos hoy: volcada a la emergencia, disponiendo trabajo, infraestructura, equipamiento y conocimientos para atender necesidades sanitarias, para estudiar y caracterizar el virus, para reforzar la capacidad de acción del sistema público de salud. La adaptación de laboratorios universitarios para que funcionen como centros de diagnóstico, como en el caso del Laboratorio de Virología Molecular del CENUR Regional Norte – sede Salto, es un claro ejemplo, entre muchos otros que se podrían citar, y que se verán potenciados por la Convocatoria: “Conocimiento especializado para enfrentar la emergencia planteada por el COVID 19 y sus impactos”8.

Un gran desafío es lograr niveles de participación estudiantil en estas acciones, para lo cual es importante encontrar formas de vincularlas con los cursos que, reformulados (en el sentido profundo mencionado) funcionen como espacios de reflexión, investigación y creación sobre la pandemia, la crisis, y el día después. Como cualquier situación problema, algo tiene de oportunidad: una oportunidad para la integralidad, para hacer extensión, potenciando la investigación y enriqueciendo la enseñanza.

Así como hay distintas temporalidades, hay también distintas territorialidades; diferentes expresiones territoriales de la crisis y diferentes expresiones territoriales de la Universidad. La presencia universitaria en algunos barrios de la capital y la zona metropolitana, así como a lo largo y ancho del interior del país, permite ampliar la mirada sobre el problema y tomar contacto con una diversidad de situaciones. Desde fuertes tradiciones de organización barrial que rápidamente se incorporan para enfrentar la pandemia, hasta tejidos sociales absolutamente frágiles donde la emergencia llegó mucho antes que el Covid 19. La tranquilidad de algunas localidades rurales donde una mirada ligera podría pensar que la vida cotidiana no se altera demasiado con la disposición de la cuarentena, pero el vínculo con la comunidad que lamenta la suspensión de actividades muestra con fuerza que no da lo mismo. El aislamiento de ciertos parajes del interior profundo, a donde las ambulancias tienen dificultad para llegar cuando llueve, pero el miedo llega al instante porque no precisa caminos. En varios departamentos, la Universidad en el formato que asume a nivel local, puede ser un actor relevante con quien contar a la hora de pensar la emergencia y ensayar alternativas. La presencia universitaria en el interior del país, de donde proviene una buena parte de la matrícula, al tiempo que aumenta el margen de acción institucional para responder a la crisis, puede contribuir a mantener el vínculo con los/as estudiantes. Una reciente investigación9 sobre trayectorias estudiantiles muestra que el carácter cercano de las relaciones que se producen en sedes universitarias del interior, favorece la continuidad educativa. En estos tiempos de distanciamiento, se vuelve clave aprovechar esta potencia todo cuanto sea posible con los medios disponibles. También en este sentido, la crisis nos puede ayudar a conocernos mejor, a apreciar con mayor claridad las fortalezas que tenemos en el interior, para reconocernos -a lo lejos- como una única comunidad universitaria, grande y vigorosa.

El puñado de ejemplos que hemos mencionado podría complementarse con muchos otros de diferentes servicios universitarios o colectivos de estudiantes, docentes y egresados/as, que ponen en evidencia la constatación con que abrimos estas reflexiones: en la crisis la Universidad realiza un movimiento y se vuelca hacia el medio. En el mediano y largo plazo, el desafío es lograr mantener ese desenvolvimiento en una propuesta integral de abordaje de la emergencia social y económica que durará mucho más tiempo que las medias cuarentenas sucesivas que tenemos por delante, y traerá consecuencias desastrosas para nuestra sociedad.

En cualquier caso, para las tres funciones y sus intentos de articulación hacia la integralidad, para el interior y para la capital, para el conjunto de la comunidad universitaria (estudiantes, funcionarios/as, egresados/as y docentes) y para los vínculos que la institución construye con organizaciones sociales y movimientos, la pandemia configura un escenario privilegiado para que la preocupación por el cuidado mutuo (y por los cuidados) se torne omnipresente. Construir aprendizajes -en acción y en situación- sobre este aspecto de cualquier práctica educativa, sería un buen modo de aprovechar la oportunidad detrás de la crisis.

 

Más allá de la gestión: crisis y pensamiento crítico

Como observa Diego Sztulwark, la crisis posee un “valor cognitivo”, en tanto “permite captar la extraña dialéctica según la cual norma y excepción se miden y se aproximan la una a la otra”. Contra el uso gubernamental de la crisis como amenaza de retorno para justificar tal o cual medida de ajuste económico o democrático, es necesario sostener su “valor cognitivo” como “afirmación de una potencia de existir”. Dice Sztulwark: “Pensarla como vacío puro y movimiento hacia la nada llevaba a asociar la crisis al horror de lo caótico y lo inhabitable, lo que echa a perder su productividad específica, su aptitud para radiografiar sin eufemismos las estructuras del orden en las que se desarrolla habitualmente la existencia”10. ¿Cuál es la productividad específica de la crisis del Coronavirus?

Es usual escuchar que el Coronavirus está “sembrando el caos”. Pero lo cierto es que lo está cosechando. La siembra del caos es parte consustancial del propio funcionamiento del mundo capitalista, del casino financiero, de la ideología del crecimiento, que producen ecocidios, guerras y expulsión de poblaciones por hambre o miseria, mientras un puñado de milmillonarios (2153) poseen más riqueza que el 60% de la población mundial (4600 millones de personas)11. Precisamos una noción de orden que no sea sinónimo de autoritarismo ni antagónica de justicia. Giorgio Agambem, tan maltratado por estos días por haber minimizado la gravedad sanitaria de la pandemia12, seguramente tendrá razón mañana aunque no la tenga hoy. Biopolítica mediante, el estado de excepción se volverá la normalidad de los estados cuando cese la pandemia: más vigilantes, más policiales, menos democráticos. Y también tendrá razón Naomi Klein, Byung-Chul Han y todos quienes por estos días advierten que de esta crisis los dueños del mundo procurarán salir más fuertes e inexpugnables. Pero, así no sea por pura necesidad, debemos pensar el momento actual como espacio de disputas entre distintos posibles, utópicos y distópicos. Teniendo en cuenta que, como advierte Sandino Núñez, no se trata de “dos sistemas de valores enfrentados” (lo malo, competitivo y egoísta por un lado; lo bueno, solidario y generoso por el otro), sino más bien del funcionamiento orgánico de la lógica del capital de la cual formamos parte13.

Si la excepción puede transformarse en regla, disputemos las excepciones. La organización de la economía según las necesidades de la comunidad y no del mercado, la solidaridad como principio organizador del lazo social, la necesidad de contar con instituciones públicas de salud y educación fuertes, de fortalecer las empresas públicas, la producción de bienes necesarios sin priorizar la especulación comercial, la organización colectiva de los cuidados, la comprensión de que necesitamos establecer otra relación con el ambiente14, la liberación de contenidos científicos y culturales para que estén accesibles a todos/as, y un largo etcétera, son algunos principios de excepción que necesitamos que se conviertan en la regla para que lo que venga sea mejor y no mucho peor. Hacer de la incertidumbre generalizada un quehacer compartido, puede ser la certeza necesaria para construir un nuevo común.

Como razona Bifo Berardi: “Podemos hundirnos en el infierno de una detención tecno-militar de la que solo Amazon y el Pentágono tienen las llaves. O bien podemos olvidarnos de la deuda, el crédito, el dinero y la acumulación. Lo que no ha podido hacer la voluntad política podría hacerlo la potencia mutágena del virus. Pero esta fuga debe prepararse imaginando lo posible, ahora que lo impredecible ha desgarrado el lienzo de lo inevitable”15. Parafraseando aquella simple definición de Adriana Puiggrós sobre las alternativas pedagógicas, no se trata de volver a la normalidad sino de crear otra normalidad. La extensión universitaria, en su tradición crítica, siempre se preocupó por la transformación de las relaciones sociales más que por las soluciones técnicas. Contribuir a afirmar esas alternativas, aprender de ellas, elaborar conocimiento junto a ellas, debe ser también una tarea principal de la extensión en tiempos de emergencia.

Notas

2) Michel Foucault (1988) “Una introducción a la vida no fascista” (prólogo a la edición estadounidense de El Anti-Edipo: capitalismo y esquizofrenia, de Gilles Deleuze y Felix Guattari)

3) Renato Dagnino (2015) “Como é a universidade de que o Brasil precisa?”, Avaliação, Campinas; Sorocaba, SP, v. 20, n. 2, (p. 293-333)

4) Y nos interpelamos en el sentido que lo hace Lucía Naser (2020) en: “Saber parar: sobre el rol del cognitariato durante la cuarentena”, Lobo Suelto.

5) Paulo Freire (2007) ¿Extensión o comunicación? La concientización en el medio rural. México DF: Siglo XXI.

6) Carlos Monsiváis (1990), “La difusión cultural en la UNAM”, Nexos, Abril, Ciudad de México (pág. 15)

7) Eduardo Rinesi (2015), Filosofía (y) política de la Universidad, Buenos Aires, UNGS (pág. 138)

9) Sede Río Negro – CenUR Litoral Norte – UdelaR (2020) “Una aproximación a las trayectorias educativas de las personas de Río Negro que ingresaron al CenUR Litoral Norte entre 2007 y 2017” Sin editar.

10) Diego Sztulwark (2019) La ofensiva sensible. Neoliberalismo, populismo y el reverso de lo sensible. Buenos Aires: Caja Negra (págs. 14 y 15).

12) Giorgio Agambem (2020) “La invención de una epidemia”.

13) Sandino Núñez (2020), “Virus virus”, en Txt. Escritura militante.

14) Ver: Anabel Riero (2020), “Coronavirus: ¿crisis o recrudecimiento del capitalismo global?”, en Hemisferio Izquierdo.

15) Bifo Berardi (2020) “Crónica de la psicodeflación”, Caja Negra.

 

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